Si de entre todos los videojuegos de la 8 bits de Nintendo que jugué durante mi niñez (y gracias a la NASA de un amigo, os aseguro que tuve ocasión de probar unos cuantos) tuviera que elegir mi favorito, éste sería, sin lugar a dudas, el incomparable “Super Mario Bros. 3”. Los diferentes trajes de Mario, el Mundo Gigante, los hijos de Bowser, la Flauta Mágica, gráficos sorprendentes, una jugabilidad envidiable… Creo que la mayoría estará de acuerdo en que su puesto como mejor juego de la NES es indiscutible.
Sin embargo, a la hora de dar la medalla de plata, la decisión se complica. El catálogo de NES es más largo que un día sin pan y está repleto de clásicos. No obstante, si tuviera que quedarme con uno sólo, casarme con él y fundar una familia, elegiría “Solstice: La Búsqueda del Báculo de Demnos”, un videojuego de Software Creations Ltd. que, pese a no ser de los más conocidos, obtuvo nada y más y nada menos que una puntuación de 90 sobre 100 en la Hobby Consolas nº 8. Ahí es nada.
Argumento
No hay sorpresas en este apartado. Tú eres Shadax el Mago (cuyo sobrenombre le debió de tocar en una tómbola, porque de poderes mágicos tiene lo que el tigre del príncipe Adam de valiente) y tu objetivo consiste en rescatar a la princesa Eleanor de las garras del malvado Morbius. Para ello, deberás adentrarte en la laberíntica fortaleza de Kâstleröck y encontrar las seis piezas del Báculo de Demnos antes de que acabe el solsticio de invierno. De no superar tu misión, Morbius sacrificará a la princesa e invocará al Barón Negro de la Oscuridad, una criatura que haría mojar los calzoncillos al mismísimo Gatekeeper.
El juego
Para sobrevivir a las más de 250 habitaciones de Kâstleröck, plagadas de puzzles, trampas mortales y monstruos con nombres aterradores (como las bolas viscosas, las pieles atacantes o ―mis favoritos― los cabeza-pies de cuatro ojos), Shadax cuenta con la ayuda de un mapa mágico, que se irá actualizando a medida que descubramos nuevas salas, y con cuatro pociones mágicas: una de color azul, que le proporciona invulnerabilidad; una púrpura, que destruye a los enemigos; otra amarilla, que paraliza todo lo que se mueve; y, por último, la poción verde, que vuelve visible lo invisible.
Además, Shadax puede saltar (habilidad que deberemos mejorar encontrando las botas mágicas de los elfos), así como coger y lanzar objetos, lo que nos servirá para sortear obstáculos y alcanzar lugares de otra manera inaccesibles.
Gráficos
Sobrios, pero efectivos. Pese a sus más de 250 habitaciones, de las cuales basta con visitar unas 75 para pasarse el juego, el diseño de éstas es por lo general muy variado y la mayoría son fáciles de recordar y de diferenciar entre sí, sobre todo porque en algunas moriremos más de una vez.
Ahora bien, si hay algo que merezca la pena destacar en el apartado visual es la perspectiva isométrica, que nos brinda una falsa impresión de tres dimensiones poco frecuente para la época. Por desgracia, esta vista tan singular también puede jugarle a uno muy malas pasadas. Así, no es extraño calcular mal un salto y acabar con el culo ensartado en púas venenosas.
Sonido
La banda sonora está formada por dos melodías magistrales: la que suena en la introducción y la que nos acompaña durante el resto del juego, ambas compuesta por el maestro Tim Follin.
Para inspirarme y demostrar lo mucho que me gustan ambas, las he reproducido mientras preparaba el borrador de este artículo con la función “Playlist/Song Repeating” activada. En efecto, no me preocupa mi salud mental ni la de mis vecinos.
En cuanto a los efectos de sonido, el único que soy capaz de recordar ahora mismo es el grito de Shadax cuando muere. Y, como ya he dicho, tiene la mala costumbre de hacerlo a menudo.
Control
En una palabra: confuso. Arriba es noreste, derecha es sudeste, abajo es sudoeste e izquierda es noroeste. Ahora puede parecer sencillo, pero cuando toda tú experiencia como jugador se reduce a los plataformas 2D de la NES, te sientes como una ballena borracha montando en monociclo sobre la cuerda floja. El eslabón más débil de la cadena.
Dificultad
Cuando el manual de instrucciones dice que “necesitarás mente clara y un deseo de triunfo que te ayuden a intentarlo una y otra vez” para ganar, no está bromeando. De hecho, debería decir: “Este juego no es para nenazas. Vas a morir cada dos por tres. Si no tienes paciencia, abandona”.
Y es que, ciertamente, aparte de saltar y mover bloques, lo que mejor sabe hacer nuestro mago es diñarla al más puro estilo “Ben” Kenobi, desvaneciéndose y dejando sus ropas tras de sí. Espectacular, pero muy frustrante.
Con todo, la mayor pega es que hay que pasarse el juego de un tirón, ya que no se puede guardar la partida ni hay contraseñas, sólo insignificantes créditos, que nos permiten continuar la aventura desde el punto donde los encontremos, pero que no sirven de nada una vez se nos acaban las vidas; no digamos ya si se nos ocurre apagar o resetear la consola.
Argumento
No hay sorpresas en este apartado. Tú eres Shadax el Mago (cuyo sobrenombre le debió de tocar en una tómbola, porque de poderes mágicos tiene lo que el tigre del príncipe Adam de valiente) y tu objetivo consiste en rescatar a la princesa Eleanor de las garras del malvado Morbius. Para ello, deberás adentrarte en la laberíntica fortaleza de Kâstleröck y encontrar las seis piezas del Báculo de Demnos antes de que acabe el solsticio de invierno. De no superar tu misión, Morbius sacrificará a la princesa e invocará al Barón Negro de la Oscuridad, una criatura que haría mojar los calzoncillos al mismísimo Gatekeeper.
El juego
Para sobrevivir a las más de 250 habitaciones de Kâstleröck, plagadas de puzzles, trampas mortales y monstruos con nombres aterradores (como las bolas viscosas, las pieles atacantes o ―mis favoritos― los cabeza-pies de cuatro ojos), Shadax cuenta con la ayuda de un mapa mágico, que se irá actualizando a medida que descubramos nuevas salas, y con cuatro pociones mágicas: una de color azul, que le proporciona invulnerabilidad; una púrpura, que destruye a los enemigos; otra amarilla, que paraliza todo lo que se mueve; y, por último, la poción verde, que vuelve visible lo invisible.
Además, Shadax puede saltar (habilidad que deberemos mejorar encontrando las botas mágicas de los elfos), así como coger y lanzar objetos, lo que nos servirá para sortear obstáculos y alcanzar lugares de otra manera inaccesibles.
Gráficos
Sobrios, pero efectivos. Pese a sus más de 250 habitaciones, de las cuales basta con visitar unas 75 para pasarse el juego, el diseño de éstas es por lo general muy variado y la mayoría son fáciles de recordar y de diferenciar entre sí, sobre todo porque en algunas moriremos más de una vez.
Ahora bien, si hay algo que merezca la pena destacar en el apartado visual es la perspectiva isométrica, que nos brinda una falsa impresión de tres dimensiones poco frecuente para la época. Por desgracia, esta vista tan singular también puede jugarle a uno muy malas pasadas. Así, no es extraño calcular mal un salto y acabar con el culo ensartado en púas venenosas.
Sonido
La banda sonora está formada por dos melodías magistrales: la que suena en la introducción y la que nos acompaña durante el resto del juego, ambas compuesta por el maestro Tim Follin.
Para inspirarme y demostrar lo mucho que me gustan ambas, las he reproducido mientras preparaba el borrador de este artículo con la función “Playlist/Song Repeating” activada. En efecto, no me preocupa mi salud mental ni la de mis vecinos.
En cuanto a los efectos de sonido, el único que soy capaz de recordar ahora mismo es el grito de Shadax cuando muere. Y, como ya he dicho, tiene la mala costumbre de hacerlo a menudo.
Control
En una palabra: confuso. Arriba es noreste, derecha es sudeste, abajo es sudoeste e izquierda es noroeste. Ahora puede parecer sencillo, pero cuando toda tú experiencia como jugador se reduce a los plataformas 2D de la NES, te sientes como una ballena borracha montando en monociclo sobre la cuerda floja. El eslabón más débil de la cadena.
Dificultad
Cuando el manual de instrucciones dice que “necesitarás mente clara y un deseo de triunfo que te ayuden a intentarlo una y otra vez” para ganar, no está bromeando. De hecho, debería decir: “Este juego no es para nenazas. Vas a morir cada dos por tres. Si no tienes paciencia, abandona”.
Y es que, ciertamente, aparte de saltar y mover bloques, lo que mejor sabe hacer nuestro mago es diñarla al más puro estilo “Ben” Kenobi, desvaneciéndose y dejando sus ropas tras de sí. Espectacular, pero muy frustrante.
Con todo, la mayor pega es que hay que pasarse el juego de un tirón, ya que no se puede guardar la partida ni hay contraseñas, sólo insignificantes créditos, que nos permiten continuar la aventura desde el punto donde los encontremos, pero que no sirven de nada una vez se nos acaban las vidas; no digamos ya si se nos ocurre apagar o resetear la consola.